
Mirar a través de los ojos de un científico supone hacerlo desde una perspectiva desde la que todo es cuestionable y objeto de estudio
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Esta es la historia de Starlab, una empresa especializada en I+D de nuevas tecnologías, que ha demostrado cómo los avances científicos pueden beneficiar de manera inmediata a la sociedad
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Aquellos aspectos de nuestra vida cotidiana que damos por sentados, pueden ser puestos en tela de juicio y sometidos a investigaciones que descubren una nueva realidad que hasta ese momento no habíamos tenido en cuenta. Ahí se encuentra la magia de los estudios científicos, base del avanzado desarrollo tecnológico de nuestra sociedad actual. Pero la ciencia puede ser en muchas ocasiones un universo que se encuentra a años luz de las necesidades del mundo real, y por tanto, alejado de cualquier clase de interés empresarial. Establecer el contacto entre los últimos avances científicos y sus posibilidades de impacto en la vida real de las personas, asegurándose así una rentable utilización comercial de las investigaciones, es el mejor camino para hacer de la ciencia una rama atractiva para posibles inversores. En definitiva, hacer de la ciencia una empresa: un camino difícil y arriesgado en un país como España, al que le cuesta confiar todavía en su propia capacidad de innovación.
A finales de los años noventa, Walter de Brouwer, un matemático belga, tomó la iniciativa de poner en marcha una empresa privada para el estudio científico. Su finalidad era la de llevar a cabo investigación básica aplicable a la creación de nuevos productos, una actividad que tradicionalmente estaba circunscrita casi en exclusiva a universidades y centros de investigación públicos. En un castillo situado a las afueras de Bruselas, de Brouwer consiguió reunir a un centenar de científicos de más de treinta países. Las más diversas disciplinas de la ciencia estaban cubiertas: inteligencia artificial, cálculo cuántico, biofísica, robótica, nanoelectrónica... Nacía así Starlab, un proyecto empresarial innovador, cuya finalidad era la de realizar descubrimientos científicos que "cambiaran el mundo". Dos años después, Starlab abría su segunda sede en Barcelona, poco antes de que la empresa no pudiera aguantar la influencia que tuvieron la caída del NASDAQ y la crisis de las "puntocom", en la pérdida de confianza de los inversores por proyectos cuya rápida rentabilidad no estuviera asegurada. Los responsables de la filial barcelonesa vieron desconcertados cómo el apasionante panorama que se acababa de presentar ante sí, amenazaba con derrumbarse en pocos segundos. La decisión fue rápida. El matrimonio compuesto por Giulio Ruffini y Ana Maiques (junto a su compañero de trabajo Manel Adell), decidió comprar la filial española y así mantener en pie el proyecto empresarial, ahora con una nueva orientación, y una financiación nacional y cien por cien privada.
En palabras de Giulio Ruffini, Starlab es una empresa cuyo objetivo es "llevar la ciencia a la sociedad, basarse en desarrollos tecnológicos y científicos nuevos para crear productos, servicios... que tengan un impacto útil en la sociedad. Y nuestra manera de ir marcando este impacto es el mercado. O sea, queremos llevar ciencia al mercado". Desde el Observatorio Fabra, emblemático edificio construido en 1904 en lo alto de la montaña barcelonesa del Tibidabo, un grupo de quince científicos, entre ellos físicos, matemáticos, economistas e ingenieros, desarrollan nuevas tecnologías que esencialmente se centran en dos mercados bien diferentes: el del Espacio y el de la Neurociencia aplicada. Dos son por tanto los principales objetos de estudio de los científicos que conforman Starlab. Por una parte, está la observación de la Tierra desde el espacio, con el fin de aprovechar al máximo los recursos que el planeta ofrece sin alterar su equilibrio, y de paso evitando agresiones contaminantes o detectando catástrofes naturales a tiempo. En este campo, Starlab es experta en el análisis de los datos de los satélites de observación de la Tierra, y participa en proyectos como Marcocast, plataforma capaz de detectar un vertido tóxico en el mar y ofrecer previsiones acerca de su evolución; Eolicat, herramienta que ayuda a decidir el enclave idóneo de un parque eólico en el mar; o Sterna, un sistema de detección de tsunamis, en el que la empresa barcelonesa trabaja junto a la Agencia Espacial Europea.
El otro campo de investigación en Starlab es la observación del cerebro humano, uno de los órganos más desconocidos del cuerpo humano, y en cuyo estudio la compañía profundiza a través de biosensores capaces de monitorizar con precisión la actividad cerebral de una persona, sin necesidad de que esté tumbada en la camilla de un hospital o de un laboratorio. Con proyectos como Sensation (que, detectando la fatiga de una persona, evita que ésta se duerma mientras realiza actividades peligrosas), o Humabio (que ofrece soluciones de identificación de personas basadas en la fisiología interna del organismo), Starlab demuestra con ejemplos claros la filosofía que defiende su equipo de científicos: hacer de la investigación algo útil y rentable, y así demostrar que la ciencia también puede ser un modelo de negocio.
Este enfoque empresarial de la ciencia fue una de las cosas que más le interesó a Giulio Ruffini del Starlab original que él conoció en Bruselas a finales de la década de los noventa. Cansado de lo que él denomina "ciencia institucional", en la que difícilmente conseguía ver un impacto real de sus investigaciones en la vida cotidiana de las personas, el modelo del laboratorio belga proponía sin embargo un enfoque más realista y orientado al mercado. Ruffini empezó a involucrarse de tal manera en el proyecto, que llegó el día en el que lo que nunca hubiera esperado de sí mismo se hizo realidad: el científico se convertía en empresario. El fundador del Starlab matriz proponía a Giulio Ruffini encargarse de la nueva filial del laboratorio en Barcelona. "Fue un día curioso", recuerda Ruffini, "porque yo estaba con mi mujer, y este señor nos propuso ocuparnos de la empresa en Barcelona. En aquel momento, yo no estaba convencido de que quería dar ese salto. Y lo que ocurrió fue que este hombre, que era bastante listo, dio la oportunidad a mi mujer, y le dijo que la crease ella. Y la historia fue así: se creó la empresa, y eso me arrastró a mí, inevitablemente, hacia la aventura de la misma".
"Si él cayó un poco por casualidad", comenta Ana Maiques, "yo todavía más, porque como ha explicado Giulio, yo iba sólo en calidad de mujer de. Yo soy economista, es verdad, pero mi área de interés era más el área de cooperación internacional o social". En lo que califican como un "salto al vacío", el matrimonio tomó la decisión de arriesgarse, y se trasladó durante un año a Bruselas para planificar cuidadosamente el nacimiento de la nueva sede del laboratorio en Cataluña. De esta manera, nacía en julio de 2000 el Starlab barcelonés, pocos meses antes de que la crisis de la burbuja.com revolucionase la economía mundial. Los inversores que apoyaban el proyecto retiraron su confianza en él, hasta tal punto que el Starlab original, la matriz belga, quebraba hasta llegar a desaparecer. "Lo que ocurrió", recuerda Giulio Ruffini, "es que al cabo de un año, que estábamos mirando de arrancar el proyecto, con una inversión de diez millones de euros, la empresa madre quebró. Y en aquel momento nosotros tuvimos un dilema muy importante: si seguir con la empresa o abandonar". Ruffini y su socio Manel Aldell, responsables de la filial española, decidieron comprar la empresa a los liquidadores, y reorientar así tanto la misión del proyecto como su gestión. Manteniendo la idea de que la investigación multidisciplinar podía ser también un negocio de gran creatividad, dirigieron sus esfuerzos hacia los dos campos de estudio aplicado antes comentados, y en proyectos más concretos y a corto plazo.
Los dos primeros años fueron de gran dificultad: eran años complicados para buscar financiación para un proyecto tan exótico a priori. "Yo recuerdo de ir a muchas entidades de las llamadas de capital riesgo", comenta Ana Maiques, "llamar a la puerta, presentarte ahí, y decir: mira, es que lo belgas han desaparecido, y hay una empresa que tirar adelante y no tenemos dinero... Y recuerdo de salir pensando: bueno, lo del riesgo hay que tacharlo, llámalo sólo capital. Pero fue una experiencia personal, porque éramos una empresa sin historia, con un modelo de negocio muy arriesgado y un proyecto de riesgo". Por lo tanto, no hubo más remedio que acudir a la famosa fórmula de las tres "efes" (friends, familiy & fools), acompañada de un absoluto rigor a la hora de realizar cualquier tipo de gasto, en unos primeros momentos en los que la tesorería pasaba a convertirse en el aspecto central de la empresa naciente. Malos momentos en los inicios, que sin embargo sirvieron como un valioso aprendizaje para el futuro. "Yo creo que eso te hace más fuerte", asegura Ana Maiques, "y te da una disciplina como empresa. Porque cuando lo pasas tan mal, después, cuando las cosas van bien, no te pones a gastar como un loco, porque ya has pasado mucha hambre. Eso te crea esa disciplina de decir: sí, sí, ahora va bien, pero vamos a ver en qué lo gastamos. Y yo creo que eso es sanísimo para una empresa, porque te hace ser muy disciplinado en cuanto a los costes y a en qué inviertes el dinero, porque has vivido una experiencia dura". Fueron tres años de ajetreada travesía empresarial, que remontó en 2004, cuando ya la curva de beneficios hizo el giro ascendente y estableció a la compañía en una situación mucha más segura y en crecimiento.
Una experiencia empresarial que si a Giulio Ruffini le ha ayudado a convertirse en lo que nunca hubiera pensado, un empresario, a Ana Maiques le ha servido para zambullirse de pleno en un universo de conocimientos científicos. "Lo que me ha ayudado es a tener cierta jerga científica, pero sobre todo, a obligar a los científicos a explicarme las cosas de manera sencilla... porque claro, yo sigo sin ser una técnica, pero voy por ahí vendiendo ciencia. Es un ejercicio bonito, porque les obligas a explicarte las cosas para que yo las entienda, y luego las pueda transmitir al cliente final. Y eso yo creo que es un ejercicio muy bueno para todos: yo aprendo algo de ciencia, y ellos aprenden a comunicar más sencillamente lo que están haciendo". Y bastante habrá aprendido Maiques en el proceso, ya que ahora es responsable de Star2Earth, una empresa filial de Starlab que la Agencia Europea del espacio ha incluido en su incubadora de empresas de Estec (Holanda). Star2Earth comercializa el sensor Ocean Pal, con el que se puede medir y controlar vía satélite el estado del mar. Star2Earth es el claro ejemplo del crecimiento empresarial que se quiere promover en Starlab: el laboratorio se limita a ser un núcleo de I+D en el que se desarrolla tecnología, que posteriormente se fabricaría y comercializaría a través de spin-offs o de asociaciones con otras organizaciones. Un nuevo enfoque mercantil con el que desarrollar la investigación científica, y en el que Ana Maiques encuentra un estímulo importante para el desarrollo empresarial de este sector, el de la ciencia, tan abandonado en nuestro país. "Yo tengo mucha fe en la gente de este país. La gente es muy capaz, y yo creo que esas capacidades se tienen que explotar al máximo. Y para mí, el ser un emprendedor es la manera más interesante de explotarse como persona y como profesional, ya que revierte en toda la economía y en toda la sociedad".
A finales de los años noventa, Walter de Brouwer, un matemático belga, tomó la iniciativa de poner en marcha una empresa privada para el estudio científico. Su finalidad era la de llevar a cabo investigación básica aplicable a la creación de nuevos productos, una actividad que tradicionalmente estaba circunscrita casi en exclusiva a universidades y centros de investigación públicos. En un castillo situado a las afueras de Bruselas, de Brouwer consiguió reunir a un centenar de científicos de más de treinta países. Las más diversas disciplinas de la ciencia estaban cubiertas: inteligencia artificial, cálculo cuántico, biofísica, robótica, nanoelectrónica... Nacía así Starlab, un proyecto empresarial innovador, cuya finalidad era la de realizar descubrimientos científicos que "cambiaran el mundo". Dos años después, Starlab abría su segunda sede en Barcelona, poco antes de que la empresa no pudiera aguantar la influencia que tuvieron la caída del NASDAQ y la crisis de las "puntocom", en la pérdida de confianza de los inversores por proyectos cuya rápida rentabilidad no estuviera asegurada. Los responsables de la filial barcelonesa vieron desconcertados cómo el apasionante panorama que se acababa de presentar ante sí, amenazaba con derrumbarse en pocos segundos. La decisión fue rápida. El matrimonio compuesto por Giulio Ruffini y Ana Maiques (junto a su compañero de trabajo Manel Adell), decidió comprar la filial española y así mantener en pie el proyecto empresarial, ahora con una nueva orientación, y una financiación nacional y cien por cien privada.
Los dos primeros años fueron de gran dificultad: eran años complicados para buscar financiación para un proyecto tan exótico a priori. Malos momentos en los inicios, que sin embargo sirvieron como un valioso aprendizaje para el futuro. Fueron tres años de ajetreada travesía empresarial, que remontó en 2004, cuando ya la curva de beneficios hizo el giro ascendente y estableció a la compañía en una situación mucha más segura y en crecimiento.
Desde el Observatorio Fabra, emblemático edificio construido en 1904 en lo alto de la montaña barcelonesa del Tibidabo, un grupo de quince científicos, entre ellos físicos, matemáticos, economistas e ingenieros, desarrollan nuevas tecnologías que esencialmente se centran en dos mercados bien diferentes: el del Espacio y el de la Neurociencia aplicada.
El crecimiento empresarial que se quiere promover en Starlab está claramente definido: el laboratorio se limita a ser un núcleo de I+D en el que se desarrolla tecnología, que posteriormente se fabricará y comercializará a través de spin-offs o de asociaciones con otras organizaciones. Un nuevo enfoque mercantil con el que desarrollar la investigación científica, y en el que los directivos de la empresa encuentran un estímulo importante para el desarrollo empresarial de este sector, el de la ciencia, tan abandonado en nuestro país. Un modo de que la ciencia revierta en la economía y la sociedad.
Starlab fue fundada en el año 2000. En la actualidad cuenta con 15 empleados y, en 2005, facturó 750.000 euros.
Giulio Ruffini (Barcelona, 1966) es físico y matemático. Realizó estudios en la Berkeley University y en la Davis University, ambas en California. Realizó trabajos en laboratorios como los de criogenia Lawrence Berkeley, o el laboratorio nacional Los Álamos de Nuevo México. Tras su regreso a España, Giulio Ruffini se unió al Institut d'Estudis Espacials de Catalunya, formando parte del grupo de Observación Terrestre. En 2000, junto a otros compañeros, fundó Starlab Barcelona.
Ana Maiques es licenciada en Economía por la Universidad de Barcelona y por la Universidad de Wolverhampton. Posee un máster en Economía europea y estudios sociales, por la Universidad de North London. Ha trabajado en varias ONG, y actualmente se ocupa del Desarrollo de Negocio de Starlab.